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La Matutina Digital
Lugar de reencuentro
Por: Fernanda Zavala Trejo - Ecuador
Oseas 2:14
Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón.
Hace unos meses atravesé uno de los episodios más difíciles de mi vida. No tenía paz; mis pensamientos me acompañaban día y noche con inquietud. Estaba enfrentando una pérdida que me costaba aceptar, y en medio del dolor me sentía confundida y culpable.
Soy cristiana desde niña y, aunque siempre escuché la frase "las cosas malas que nos pasan son castigos de Dios", nunca la creí. Pero en esa etapa tan vulnerable, esa idea comenzó a rondar mi mente. Empecé a pensar que tal vez era verdad.
Revisé mi vida con honestidad. Habían cosas que no estaban bien. Muchos pensaban que yo era una cristiana "digna de imitar", pero mi corazón estaba lejos de Dios. Había errores que nadie conocía, decisiones que me habían herido a mí y también a otros. Desde esa perspectiva, un castigo divino parecía posible.
Me sentí perdida, como en un desierto. Pensaba que Dios me estaba castigando, y que lo merecía. Con lágrimas en los ojos, sin saber qué más hacer, clamé al Señor para que me ayudara, porque estaba sufriendo.
Unos días después, mientras intentaba "acomodar" mi vida delante de Dios, me encontré con Oseas 2:14. Y entonces lo entendí: no era un castigo, sino que Dios me estaba llamando de vuelta a él. No me condenaba, me mostraba su gracia y me ofrecía restauración.
Soy cristiana desde niña y, aunque siempre escuché la frase "las cosas malas que nos pasan son castigos de Dios", nunca la creí. Pero en esa etapa tan vulnerable, esa idea comenzó a rondar mi mente. Empecé a pensar que tal vez era verdad.
Revisé mi vida con honestidad. Habían cosas que no estaban bien. Muchos pensaban que yo era una cristiana "digna de imitar", pero mi corazón estaba lejos de Dios. Había errores que nadie conocía, decisiones que me habían herido a mí y también a otros. Desde esa perspectiva, un castigo divino parecía posible.
Me sentí perdida, como en un desierto. Pensaba que Dios me estaba castigando, y que lo merecía. Con lágrimas en los ojos, sin saber qué más hacer, clamé al Señor para que me ayudara, porque estaba sufriendo.
Unos días después, mientras intentaba "acomodar" mi vida delante de Dios, me encontré con Oseas 2:14. Y entonces lo entendí: no era un castigo, sino que Dios me estaba llamando de vuelta a él. No me condenaba, me mostraba su gracia y me ofrecía restauración.
El desierto puede parecerte el peor de los escenarios, pero puede ser también tu lugar de reencuentro con Dios. No importa lo lejos que hayas ido, él busca la forma de hablarte y atraerte con amor.
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